En mi más tierna infancia, recuerdo ver a algunos castañeros, muy escasos, en las calles céntricas de Jerez rodeado del frío del invierno. Las castañas asadas llegaban a nuestras casas para traer un calor que sólo desprendían las copitas de las mesas camillas. Los niños portaban los envoltorios de las castañas, para así calentarse las manos con ellas...
Ese es el recuerdo que tengo de las castañas del invierno. Pero hoy en día, la imagen ha cambiado mucho. Los castañeros ya no vienen con el frío; ahora esperan al 1 de octubre para instalarse en nuestras calles, aunque al frío no se le vea por ningún lado. Y no deja de ser extraño ver castañeros en mangas de camisa, y no unos pocos en calles céntricas, sino ya en cualquier zona de nuestra ciudad, incluso en las avenidas anchas y en cualquier rotonda donde un coche pueda pararse.
Y uno se pregunta: ¿por qué tantos castañeros y por qué si no hace frío? Y me temo que la respuesta está en la crisis y en el endiablado paro que condena a nuestra ciudad. Si no hay trabajo, hay que ganar dinero como sea, aunque sea vendiendo castañas asadas en mangas de camisa.
Cualquiera que pasee o circule por las calles jerezanas, se topará cada ciertos metros con una humareda y un agradable olor. Antiguamente humeaban las chimeneas de la fábrica de botellas... hoy sólo humean los hornos de los castañeros callejeros. Y la gente se para y compra una docenita; quizás por nostalgia, quizás por su sabor, quizás por ayudar.
Y uno lo que desea es que los recuerdos infantiles se hagan realidad, y que los castañeros vengan con el frío para calentarnos las manos. Sería una buena señal.